Un verano sin gastroenteritis

La gastroenteritis es una de las enfermedades de inicio brusco más comunes en verano. Los niños y los ancianos son las personas más vulnerables a sufrirla. Se calcula que durante la temporada estival las consultas por este tipo de trastornos llegan a cuadruplicarse.

En verano son más frecuentes los episodios de gastroenteritis infecciosa bacteriana, como por ejemplo los provocados por Salmonella, frecuente en algunos alimentos que se pueden contaminar con esta bacteria, como aquellos que contienen huevo. También destacan aquéllas que proceden de ciertos pescados, mariscos crudos y aguas fecales o incorrectamente tratadas.

Entre los síntomas habituales de gastroenteritis se encuentran los dolores abdominales, vómitos, náuseas, diarrea y, en ocasiones, fiebre y dolor de cabeza. Aunque la mayor parte de los casos no revisten gravedad algunos pacientes sufren los síntomas de forma prolongada y es con ellos con los que hay que extremar las precauciones.

En general, los síntomas digestivos se suelen limitar en 1 o 2 días, persistiendo unos días más el malestar general, de forma que normalmente al cabo de 4-5 días el paciente se encuentra perfectamente, sin secuelas.

¿Cómo tratarla?
En la mayoría de casos, si la diarrea no es muy abundante o no hay fiebre elevada, el tratamiento no farmacológico es el deseable. Básicamente consiste en mantener un par de días dieta astringente: sin lácteos, sin grasas y sin fibra. Es muy importante mantener un adecuado aporte de líquidos por vía oral. Para ello, además de agua, se pueden utilizar soluciones ya preparadas, que aportan azúcares y sales para compensar las pérdidas ocasionadas.

En cuanto la diarrea se limita, se puede volver a introducir una alimentación normal de forma progresiva. Si la diarrea es muy abundante o se acompaña de fiebre muy elevada, entonces es conveniente que sea valorada por un médico. En estos casos más graves, el uso de antidiarreicos o antibióticos puede ser necesario.