Existen algunos indicios que permiten saber qué hacer o cómo actuar en consecuencia antes de que se pueda correr algún riesgo para la salud.
Tener fiebre es una señal inequívoca de algún problema en el organismo ya que la elevación de la temperatura corporal se origina como una respuesta a una infección provocada por un virus o una bacteria, aparición de enfermedades autoinmunes o metabólicas, e, incluso, por algunos medicamentos. Ante ello, nuestro cuerpo, a través del hipotálamo, reacciona para regular la temperatura corporal que, cuando detecta una agresión, responde con un aumento. Por tanto, en primer lugar es necesario determinar por qué aparece la fiebre para actuar en consecuencia.
En relación a esto, en muchas ocasiones consideramos fiebre a temperaturas corporales superiores a 37º, lo que se conoce como febrícula, aunque es partir de 38º cuando hay que empezar a preocuparse y si supera los 40º comenzar a tomar medidas más contundentes y acudir al médico u hospitales llegado el caso. Al margen de los grados, hay que estudiar otros factores como la periodicidad o duración de la fiebre para ofrecer datos suficientes al médico que pueda valorar y diagnosticar la situación.
Además, junto a la temperatura, que se recomienda tomar 3 veces al día, hay que tener en cuenta otra sintomatología que nos ayudará a valorar el estado y peligrosidad de la fiebre como la sensación de ahogo, tener alteraciones de las constantes vitales o pérdidas del nivel de consciencia.
Así, teniendo todos estos datos de referencia, y siendo conscientes de grupos de personas con las que se debe tener un especial cuidado si aparece la fiebre tales como embarazadas, niños (especialmente bebés) y ancianos, podemos llevar a cabo actuaciones paliativas a la espera de acudir al médico o que el tratamiento comience a hacer efecto.
Además de la amplia gama de medicamentos antitérmicos que deben ser recomendados por un profesional de la salud (médicos o farmacéuticos) como Ibuprofeno, Paracetamol o aspiria, por ejemplo, existen medidas que pueden combinarse para ayudar a reducir o mantener estable la fiebre. Una de las más usadas y conocidas es usar paños o gasas empapadas en agua fría o combinándolas con alcohol que produce una acción refrescante. También es positivo tomar baños de agua tibia en los que la temperatura del agua debe estar de 4 a 5 grados menos que la corporal. Además se recomienda tomar mucha agua para mantener hidratado el organismo y ayudar a regular la temperatura.
No obstante, como hemos indicado, con las primeras señales de fiebre, recomendamos acudir a su médico o especialista para que pueda realizar un estudio más exhaustivo, realizar un diagnóstico adecuado y recomendar el tratamiento. El siguiente paso, que ya será más responsabilidad del paciente o su entorno (familia o cuidadores), será vigilar la temperatura, síntomas y tomar medidas paliativas para mantener controlada la fiebre. Por último, si dura demasiado tiempo o alcanza y supera los 40º será la hora de volver al médico o acudir al hospital en función del espado del enfermo.
